miércoles, 21 de agosto de 2013

LA VERDADERA SITUACIÓN EN EGIPTO.- Barak Barfi investigador en la New America Foundation

Barak Barfi es investigador en la New America Foundation

Egipto, ¿Estado fallido?

Por:  |

Barak Barfi

En un país que afronta tantos problemas, la paradoja del derrocamiento de Morsi y los dilemas de la democracia que lo ocasionaron no figuran entre estos.
 EL CAIRO – Los agraviados partidarios del derrocado presidente de Egipto Mohamed Morsi y los jubilosos manifestantes que incitaron al ejército a destituirlo han dividido a Egipto en dos bandos irreconciliables, que reflejan y refuerzan los profundos problemas del país. De hecho, Egipto es ahora un país en gran medida ingobernable y que subsiste con generosos donativos extranjeros.
Morsi nunca comprendió que su situación era endeble. Aunque fue elegido democráticamente, optó por gobernar ademocráticamente. Tenía la intención de purgar la judicatura y la Fiscalía General, con el argumento de que estaban alineados con los manifestantes que se oponían a su gobierno y a los militares que lo apoyaban y que habían sido derrocados en 2011. Morsi no admitió la oposición a su propósito de sacar adelante un polémico proyecto de constitución. Con ello, desatendió los problemas estructurales que impulsaron a una sociedad dócil a salir en masa a las calles hace dos años y medio para derribar a su predecesor, Hosni Mubarak.
Tan perjudicial como el estilo de gobierno de Morsi fue la mentalidad de los Hermanos Musulmanes, que los impulsaba a ir por su propia cuenta. Decenios de persecución han inculcado a sus dirigentes la creencia de que el mundo está alineado contra ellos. La asunción del poder no hizo sino alimentar su paranoia.
Los dirigentes de los Hermanos Musulmanes creían que los Estados Unidos y la minoría dirigente de Egipto tenían la intención de hacerlos fracasar. Por esa razón se negaron a tender la mano a sus oponentes laicos para ofrecerles un trozo de la tarta política. Ni siquiera invitaron a los miembros del partido islamista y más puritano Nour a participar en el gobierno.
Pero no fueron solo los políticos de los Hermanos Musulmanes, inexpertos en materia de funcionamiento de la democracia (y escépticos sobre ella), los que tropezaron. El debate en los EE. UU, durante mucho tiempo aliados y donantes principales de Egipto, no se centró en el fortalecimiento de las asediadas instituciones de Egipto, sino en cómo hacer abandonar el poder al ejército retirándole la ayuda. Los prestadores multilaterales, como el Fondo Monetario Internacional, se centraron en las reformas fiscales, como, por ejemplo, la reducción de las costosas subvenciones, en lugar de en apuntalar una economía maltrecha.
Actualmente, una transición democrática que Occidente intentó presentar como un modelo que otras naciones árabes podían emular ha quedado arruinada. La economía de Egipto, herida por la salida de las inversiones extranjeras y la escasez de turistas, está con respiración asistida. La reconstrucción del país requerirá mucho más que los gritos de ánimo desde la barrera que los países occidentales han ofrecido hasta ahora.
Egipto siempre ha dependido de benefactores generosos para sostener sus desiguales Estado y economía. Después del golpe militar de 1952, los soviéticos prestaron gran parte de la ayuda necesaria. Sus expertos ‘técnicos’” convirtieron la segunda ciudad del país, Alejandría, en un club de campo ruso. Después de que Egipto se inclinó por Occidente tras la guerra de 1973 contra Israel, los Estados Unidos pasaron a ser su mecenas principal.
Pero el ritual regalo anual de unos 1.500 millones de dólares solo podía atenuar el dolor causado por los problemas de Egipto, no resolverlos. El país ya no puede ofrecer suficientes estipendios estatales en forma de puestos burocráticos para los licenciados universitarios. Egipto solo puede abrigar la esperanza de recibir inyecciones de dinero para compensar la hemorragia interna.
Sin embargo, al condicionar la ayuda a la reforma económica y a la transición democrática, la comunidad internacional corre el riesgo de equivocar las prioridades políticas. En cambio, debería centrarse en una asistencia financiera que atenúe las frustraciones de los egipcios y contribuya a la construcción de instituciones que faciliten la transición hacia la democracia.
Pero de los 1.560 millones de dólares que el Departamento de Estado de los EE. UU. solicitó para Egipto en 2013, solo se han consignado 250 millones para programas no militares. Los EE. UU. deberían aumentar la financiación para proyectos que se centren en la gestión idónea de los asuntos públicos, la sociedad civil y el fortalecimiento del Estado de derecho. Esos programas reciben unos miserables 25 millones en el presupuesto de 2013.
Para reforzar la economía, los EE. UU. deben sustituir su política de ayuda, consistente en financiar proyectos, por otra que aporte un alivio presupuestario inmediato. Si bien la financiación de planes de eficiencia hídrica ayuda sin lugar a dudas a la sociedad, sus efectos se sienten años después de que se haya dispensado la ayuda inicial.
Los EE. UU. y los demás donantes occidentales deberían, en cambio, ayudar a Egipto a economizar sus recursos, que con frecuencia se derrochan para aplacar a su población. Egipto es el mayor importador de trigo del mundo, y las subvenciones de alimentos representan el dos por ciento, aproximadamente, del PIB. Para preservar sus valiosas reservas de divisas, Egipto necesita que los EE. UU. y sus aliados le suministren alimentos. Esa fue la política adoptada después de la guerra de 1973, cuando los Estados Unidos ofrecieron 200 millones de dólares anuales para la compra de trigo. La adopción de esas políticas brindará a las instituciones y al proceso democrático el tiempo y el espacio necesarios para plantar raíces firmes.
Independientemente de esas cuestiones, se plantea la de la suerte de la democracia en una de las más antiguas tierras de civilización. Quienquiera que triunfe en las futuras elecciones carecerá de una legitimidad que solo puede brindar una mayoría. Dicha mayoría habló el año pasado, cuando eligió a Morsi. Su destitución es una negación de un pilar de la democracia y sienta un precedente peligroso.
Pero, en un país que afronta tantos problemas, la paradoja del derrocamiento de Morsi y los dilemas de la democracia que lo ocasionaron no figuran entre estos.
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
* Barak Barfi es investigador en la New America Foundation.
Copyright: Project Syndicate, 2013.
www.project-syndicate.org

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